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LA CONSTRUCCIÓN DE PUENTES PARA DISYUNTIVAS CRÍTICAS

 

Por: Enrique G. Herrscher, Argentina

 

  1. INTRODUCCIÓN

 

Nos parece fundamental indagar, por sobre todas las cosas, cuales podrían ser las cuestiones para las cuales la Sistémica tendría las posibilidades más  valiosas  de brindar aportes a la sociedad en su aguda problemática actual. Llegamos a la conclusión que la contribución más relevante en ese sentido sería la “construcción de puentes” que transformen el “o” en “y” respecto de ciertas antinomias o disyuntivas críticas que dividen aguas en la hora actual.

 

Nos referimos, en apretada selección, a:

  • Lo amplio o lo estrecho
  • Lo inmediato o lo mediato
  • Lo público o lo privado
  • La parte o el todo
  • La Dinámica de Sistemas o el progreso irrestricto

 

Con una visión esencialmente sistémica, estimamos que el acortamiento de la distancia entre estos extremos erróneamente entendidos muchas veces como incompatibles, esta  conjunción de subsistemas que conforman un sistema, está llamada a ser, en nuestra opinión, uno de los aportes más significativos de la Sistémica a la sociedad. Frente a algunas de estas cinco disyuntivas (“que tienen la cualidad de desunir” dice el Diccionario de la Real Academia Española), tratemos de encontrar vías o puentes que intenten su  unión en la diversidad, y habremos contribuido, en alguna medida, a generar un panorama mental que aminore la irracionalidad, la intolerancia, los fundamentalismos y sobre todo la violencia que impera alrededor nuestro.

 

  1. LO AMPLIO O LO ESTRECHO

 

¿Es “quien mucho abarca poco aprieta” la “maldición sistémica”? O, preguntando con mayor precisión: ¿es el carácter abarcativo de la Sistémica un obstáculo para su eficacia práctica? Admitamos ante todo no solo la legitimidad de la pregunta sino la porción grande o pequeña de verdad en la respuesta afirmativa, como deber de humildad que todo sistemista debiera asumir. La complejidad, que constituye el sustrato de lo sistémico, impide creer que “lo nuestro  es perfecto”. O sea: “algo de eso hay”.

 

Más de una vez, en lo político, en lo económico, típicamente en marketing, nos hemos encontrado con requerimientos contrapuestos: el imperativo sistémico de mirar al costado, ver las consecuencias laterales e indirectas, apreciar la complejidad del entramado de causas y efectos, y al mismo tiempo la necesidad de foco, de concentrarse en lo principal, en no dispersarse en demasiadas cosas. ¿Se trata de extremos incompatibles? La respuesta es absolutamente no.

 

Vaya un ejemplo. El tema seguridad urbana, uno de los más preocupantes en las grandes ciudades, requiere por un lado medidas muy focalizadas hacia su manifestación cotidiana, como ser la permanente vigilancia pública muy conectada con cada barrio, con especial atención a las áreas críticas del mapa delictual., postura a veces (no siempre) impregnada de reclamo de “mano dura”. Por otro lado, detrás  del evento delictual existen problemáticas sociales, económicas, políticas, educacionales, habitacionales, carcelarias, etc., todas ellas muy complejas y todas estrechamente relacionadas entre sí. En Argentina, a raíz de la “cruzada” en aquella dirección por parte del padre de una de las víctimas, y su cuestionamiento desde la dirección contraria, se generó un insensato conflicto entre “represores” y “garantistas”.

 

Preferiría llamarlos “consecuencistas” y “causalistas”: los que atienden exclusivamente a las consecuencias y los que se ocupan unicamente de las causas. Lo grave es que no se escuchan mutuamente, mientras que deberían estar trabajando juntos.  Es ese el tipo de “puente” que debiera ser promovido con todas nuestras fuerzas por la comunidad sistémica.

 

  1. LO INMEDIATO Y LO MEDIATO

 

En el punto anterior apareció una expresión de suma importancia: “al mismo tiempo”. En efecto, en el caso descrito la clave está en atender simultáneamente lo estrecho y lo amplio, el síntoma puntual y las raíces complejas, el teleobjetivo y el gran angular. Pero hay otros casos donde sí puede haber un escalonamiento temporal, de abordar primero lo urgente, como bajar la fiebre, y luego el verdadero problema, la enfermedad. Es allí donde también el “puente sistémico” puede brindar una invalorable contribución: las etapas pueden ser secuenciales, pero siguen siendo parte de un todo.

 

El caso típico es cuando partimos de una visión amplia, que abarque lo lateral con todas sus implicancias y el contexto en toda su complejidad, para pasar luego a la acción unidireccional, concentrada hacia un objetivo principal, sin “distracciones”. Lo importante es  no olvidarnos que visión y acción (más la inevitable etapa intermedia de análisis/síntesis) están – nuevamente lo enfatizamos – estrechamente relacionadas.

 

En una publicación reciente (1) decíamos, al respecto de una frecuente crítica al enfoque sistémico: “Si se nos permite la expresión algo burda, ´los no sistémicos van más directo al grano, sin tantas vueltas´. El problema  es que en esas ´vueltas´ podrá estar la clave de que no era esa la acción que había que tomar, o no de esa manera, o no sin considerar efectos colaterales que debían evitarse”. Dichas “vueltas”, las del pensamiento complejo, pueden aparecer en plena acción, y hacernos retroceder de “lo estrecho” a “lo amplio”, sin por ello quitar la aplicabilidad de aquella hermosa frase de la Biblia: “hay un tiempo para diseminar piedras y otro para juntarlas”.

 

Vaya un ejemplo. Hace unos años, trabajando en la coordinación del entonces “crédito integral de Educación” del Banco Mundial, constituido mayormente por la parte Infraestructura y la  de Desarrollo Institucional, me dediqué a promover antes que nada lo primero. No solamente porque la refacción de escuelas corría menos peligro de distorsiones por estar financiada desde el exterior, sino porque evitar que, por caso, un techo cayera sobre los alumnos, era de absoluta urgencia. Quizás un excesivo apego a esquemas preestablecidos, quizás otras motivaciones, impidieron que en mi tiempo se aceptara ese criterio y en cambio se dispersaron esfuerzos, con el lamentable resultado, en aquel entonces, de encarar todas las líneas y no terminar ninguna. Acaso con el bagaje sistémico que tengo hoy las chances de enderezar la cuestión, de dedicarse  en primera instancia a lo más urgente, los edificios escolares, sin desmedro de atender más adelante la problemática total, hubieran sido mayores.

 

  1. LO PÚBLICO O LO PRIVADO

 

Para quien toda la vida adulta se dedicó a docencia y consultoría en materia de Administración de Empresas, no hay una pregunta más importante que ésta: ¿para qué, para quien, estamos enseñando a alumnos y empresarios a manejar mejor las organizaciones? Y queremos aproximarnos al tema más desde lo lógico que desde lo ideológico, dejando esto último solo para preservar los grandes principios y valores.

 

La respuesta a aquella pregunta remite irremediablemente a la famosa “mano invisible” que decía Adam Smith: la hipótesis de que la suma de acciones promovidas desde el interés privado contribuiría automáticamente al bien común. Desde aquel ángulo ideológico que queríamos dejar atrás se plantearon muy pronto dos extremos: que esto siempre es así; y que esto nunca es así. Desde nuestra óptica sistémica, ambas posturas son insostenibles.

 

Para sostener lo primero, habría que ser ciego y no ver los procesos de concentración, de crecimiento desmesurado, de veladas o abiertas tendencias monopólicas y de manipulación de los hábitos de consumo por parte de buena porción de actores económicos, que dejan a los mecanicistas principios del mercado perfecto más que maltrecho.

 

Para sostener lo segundo, también habría que ser ciego, y no ver el enorme servicio que nos presta el mecanismo del mercado – aún lo poco que queda de él – para organizar, sin necesidad de un mega ministerio, un monstruoso mecanismo de transacciones que nos permita disponer, comprar, fabricar, vender y cobrar una infinidad de bienes y servicios, y generar puestos de trabajo para nosotros y nuestros hijos. Aún si, tecnología mediante, pudiera un super ministerio organizar todo eso, ya sabemos que quien empieza diciéndonos cuantos zapatos y de qué color los debemos fabricar, termina diciéndonos de qué lado de la vereda debemos caminar , qué debemos pensar y de qué manera debemos denunciar a quien piensa distinto.

 

Descartados los extremos, postulamos que el “puente” que brinda el enfoque sistémico elimina, antes que nada, la expresión “automáticamente” usada más arriba. Aceptarla significaría olvidar que, en  ambas direcciones, debe haber normas, sin las cuales caeríamos en el abismo del “todo vale”, sea del mercado, sea del Estado. Pero es más complejo que eso. Decía ya Alfred Kuhn (no confundir con Thomas Kuhn) (2), uno de los más lúcidos pensadores sistémicos, que todos elegimos, todos “votamos”. Pero tenemos dos clases de votos: los “votos pesos” y los “votos votos”.

 

Los primeros representan el mecanismo del mercado: de más pesos dispongo, más “poder de voto” – léase: poder de compra, poder de influir, etc. – tengo. Es un sistema sumamente imperfecto – justamente por las imperfecciones del mercado (3) – pero para los bienes y servicios divisibles – yo compro mis zapatos, otro compra los suyos si quiere – es el mejor sistema que tenemos.

 

Pero hay bienes y servicios no divisibles: la seguridad pública, la administración de justicia, el cuidado del medio ambiente, incluso las variables macroeconómicas que afectan el nivel de actividad (pese a resultar éste de la suma de actividades públicas y privadas). Lo que yo tengo (o no) también lo tendrán (o no) todos: los del barrio, de la ciudad, de la provincia, del país, según el caso.

 

La división no es absoluta: hay solapamientos y mezclas. Además, hay una zona gris: mayormente hablamos de la salud y la educación, las que - a partir de cierto nivel -  pueden bifurcarse según elecciones individuales, pero que debajo de tal umbral constituyen necesidades colectivas compartidas por todos.

 

Para esos bienes y servicios no divisibles sirven los “votos votos”, decisiones que no debieran depender de cuanta plata uno tenga. Sería terrible si se decidieran – como lamentablemente ocurre cada vez más – por “votos pesos”. Esto significa que no se trata solamente de la “imperfección” del mercado: aunque pudiéramos “hacerlo perfecto”, habrá áreas que el mercado no puede ni debe manejar.

 

 

Cabe preguntarse si este planteo implica algo así como “la muerte de las ideologías”, en el sentido de borrar las diferencias entre lo que en política suele denominarse “izquierda y derecha”. Nuestra respuesta, como tantas veces (4) es “sí y no”. Ciertamente NO, en cuanto a preservar el “sistema de ideas” (que llamamos ideología) que sostenga nuestros valores esenciales. En cambio: en aquello que no afecte tales valores esenciales, preferimos no enredarnos en exclusiones ideológicas y tomar lo bueno de todos lados.

 

Esta visión esencialmente sistémica de la conjunción de lo público y lo privado, este reemplazo del “o” por el “y” (5) está llamado a ser, en nuestra opinión, uno de los aportes más significativos de la Sistémica a la sociedad.

 

  1. LA PARTE O EL TODO

 

“Más importante que una parte, uno de los subsistemas que integran un   sistema, es el todo, el sistema que lo comprende”. “Más importante que el todo son los vínculos, las interrelaciones entre las partes, que hacen que el sistema esté integrado”. “Más importante que los vínculos entre las partes entre sí, son las relaciones de éstas con el todo y con el contexto que lo  rodea”. “Más importante que el todo y las partes, es el “todo” que engloba tanto al todo como las partes”. “Más importante que…..”

 

Todas esas expresiones son válidas, y sus contrarias también: todo es importante. La relación entre las partes y el todo es compleja, multifacética, y está en el corazón de la Sistémica.

 

¡Qué fácil es decirlo! Desarrollado en cursos, conferencias, talleres, no tenemos problemas en postularlo, incluso de “convencer”. Cualquiera sea el nivel de abstracción, todo  suena muy lógico, natural, a veces hasta nos cuesta hacer ver donde está el problema.

 

El problema aparece en cuanto pasamos de lo abstracto  a lo concreto, a eso que llamamos realidad. Es decir, en cuanto nos ubicamos, nosotros y nuestros interlocutores, ora como parte, ora como todo. Allí surge  el impacto del enfoque sistémico como cambio revolucionario. “¿No era la parte, yo, mi núcleo, mi ámbito de actuación, el centro del universo?” “¿No era el todo, yo (a cargo de otros), con poder sobre ellos, el dueño de ese universo?”

 

Más de una vez hemos comparado ese cambio revolucionario con el shock que debe haber sido para los que, de un día para otro, debieron abandonar su certeza geocéntrica (“el mundo es el centro del universo”) por la “novedad” heliocéntrica (“el mundo no es más que uno de los planetas que giran alrededor del sol”).

 

Veamos algunos aspectos de la cuestión. Hay un “todo” que se llama género humano, cuyas “partes” son blancos, negros, amarillos y toda una larga serie de etnias. Hay un “todo” que se llama monoteísmo, cuyas “partes”  son católicos, protestantes, judíos, mahometanos, etc. Hay un “todo”, a lo largo del orbe entero, que se llama nación, cuyas “partes” son provincias, estados, regiones: distintas modalidades y nomenclaturas. Hay un “todo” que, en la Argentina (como en otros lados, pero aquí más) concita el máximo interés de la población, que se llama sistema del fútbol profesional de primera división, cuyas “partes” o subsistemas se llaman River, Boca, Racing, etc.

 

¿Ha sido siempre entendida y aceptada la pertenencia, en armonía, de la parte al todo? Por cierto que no. ¡Cuantas iniquidades se cometieron por causa del color de la piel o por disputas entre etnias! ¡Cuantas muertes y torturas ocurrieron en guerras de religión, y siguen ocurriendo por fundamentalismos de un lado y su respuesta imperialista por el otro! ¡Cuantos regionalismos conflictivos plantean hoy algunos catalanes (por las buenas) y algunos vascos (por las malas) por no sentirse – siquiera un poquito – parte de España! ¡Cuanta violencia hay en Argentina, con muertos y heridos, por peleas entre “barras bravas”  de clubes de fútbol, cuando solo se trata de hacer entrar una pelota en un arco!

 

Veamos un ejemplo menos “sangriento”, pero que ilustra el tema partes – todo como central para un país, por lo que lo uso mucho en mis clases y talleres. La Ley de Coparticipación Federal es la que, en Argentina, determina como se reparte, entre Nación y Provincias (6), la mayor parte de los impuestos que recauda la Nación. Regula básicamente tres cosas: (a) el modelo – léase: si primero se establecen las necesidades de las provincias y el remanente va a la Nación, o bien (como viene sucediendo) si primero se establecen las necesidades de la Nación y el resto va a las provincias; (b) en qué montos o porcentajes se dividen esas dos porciones, Nación y Provincias, según el modelo establecido; y (c) como se reparte esa última porción entre las diversas provincias.

 

Esa discusión ha marcado a fuego (a veces literalmente: a fuego de artillería) la historia del país. Es un buen ejemplo de (a) que la relación entre partes y todo es compleja; (b) que no puede resolverse sin sentarse a la mesa a negociar; (c) que la negociación solo puede ser fructífera si todos salen de su cascarón, dejan de defender “lo suyo” a ultranza, y aceptan dialogar sobre bases racionales; (d) que esto solo va a ocurrir si todos asumen su pertenencia mutua, observando su postura y la de los otros desde un nivel superior; y (e) que para ello hay que aceptar sacrificios frente a la “línea de máxima”, no pretender “ganarlas todas”, de asumir el costo de la pertenencia (las partes) y el costo de la integración (el todo). Es lo que nos hizo decir alguna vez (7) que la Sistémica es “la ciencia del diálogo”.

 

Dejando de lado los ejemplos “macro” que atañen a toda la comunidad: ¿Qué pasa en nuestras organizaciones, tanto públicas como privadas? ¿Vemos siempre personas totalmente dedicadas al objetivo común, ávidas de colaborar todos con todos, completamente integradas (“hacia arriba, hacia abajo e inter pares”) al gran sistema del cual son parte? En muchos casos es así, y es lo que mantiene viva la fe de que “se puede”. Pero en gran medida sucede lo contrario: personas cuyo norte no es el objetivo común sino exclusivamente el propio, la defensa a toda costa de su territorio, los celos y desconfianzas frente a los otros, la lucha por acumular poder.

 

Es para contrarrestar esto, al menos para las generaciones futuras, que debemos hablar de este tema desde el jardín de infantes hasta los niveles superiores de la educación. Pertenencia sin subordinación, mando sin sumisión, son aspectos básicos de la construcción de la ciudadanía y de la convivencia. Y nuevamente decimos que construir este “puente” entre las partes y el todo puede ser uno de los aportes fundamentales  de la Sistémica para la solución de algunos grandes problemas sociales de nuestro tiempo.

 

  1. LA DINÁMICA DE SISTEMAS O EL PROGRESO IRRESTRICTO

 

A muchos colegas sonará extraño esta contraposición. Todos conocemos el significativo aporte de la Dinámica de Sistemas y su utilidad para observar el desarrollo de los procesos en el tiempo, y qué hacer al respecto. Y  qué decir del Progreso (así, con mayúscula), nuestro paradigma o ideal convocante desde la época del Renacimiento, con todos los avances científicos, tecnológicos y materiales que nos viene brindando.

 

El problema aparece con el término “irrestricto”, de presencia casi constante – aunque las más de las veces mentado  en forma implícita, sin siquiera nombrarlo – cada vez que hablamos de Progreso. Es, desde los tiempos iniciales del Club de Roma (8) el tema de “los límites del crecimiento”. El famoso trabajo de ese nombre (así como su “contra informe” elaborado por la Fundación Bariloche, un honor para la investigación en Argentina) se refería a lo macro, al mundo como sistema sustentable. Sin embargo, igual preocupación vale para lo micro, para cada unidad natural o artificial que integra ese gran sistema.

 

Miremos la naturaleza. Los árboles no crecen indefinidamente. Tampoco los perros o los gatos….o nosotros mismos. ¿Serán las organizaciones, entes creados por el hombre, las únicas que pueden crecer ad infinitum? Postulamos que NO, y lo hacemos en dos niveles: el descriptivo y el prescriptivo.

 

En el nivel descriptivo de lo que llamamos “realidad” es donde traemos a colación la Dinámica de Sistemas. Básicamente, nos dice que todo cambia en el tiempo, y que en esa dinámica se manifiestan los procesos de realimentación positiva y negativa.

 

En la realimentación negativa está claro que hay un “freno”, un efecto regulador que hace tender el proceso a niveles cercanos al equilibrio. No cabe, pues, en este caso, el crecimiento sin límites.

 

Más complejo, y más extendido en el tiempo, es el caso de la realimentación positiva, que acelera o potencia el crecimiento. Sin embargo, llega un punto en que el insumo clave (de energía, de dinero, etc.) se acaba, o bien en que el sistema colapsa bajo el peso de la creciente complejidad. Aquí es donde el aspecto cuantitativo de la Dinámica de Sistemas hace ver como – y aproximadamente en qué momento – el crecimiento llega a límites insostenibles.

 

Significa que, aunque nos entusiasmemos con el desarrollo, nada crece indefinidamente. Lo que observamos, desde la modalidad descriptiva, es que el crecimiento indefinido no es posible: ni en el ámbito macro, el Progreso (de la humanidad, de un país, de una clase social, etc.), ni en el nivel micro: el desarrollo de organizaciones de todo tipo.

 

Además está el nivel prescriptivo. Nos preguntamos “qué quisiéramos que pasara”. ¿Nos “gustaría” un desarrollo ilimitado aunque fuera posible? Respondemos que NO, y planteamos algo que podría llamarse “Teoría del umbral” (9). Expondremos un ejemplo mixto, tanto del área pública como del ámbito privado, y además
paradigmático: el sector turismo, tan en boga en Argentina y otros países. ¿Hasta donde queremos que crezca? Hay dos casos extremos: (a) el estancamiento: “no pasa nada” (hasta que de pronto, a veces, despierta del letargo) y (b) el éxito: la atracción del “balneario de moda”, por caso, en que lo que atrae a unos es el hecho de que atrae a otros.

 

Es el típico caso de realimentación que provoca un crecimiento, muchas veces exponencial y desordenado, respecto del cual en determinado momento los espacios se saturan y los recursos se agotan. Es cuando las ventajas del contacto con la naturaleza, o de la tranquilidad lejos de los centros urbanos, o de la comodidad de los sitios exclusivos, o todas ellas, se evaporan, el balneario pasa de moda, y la caída es tan violenta (o aún más, por ser más concentrada en el tiempo) como fue el éxito mientras duró. El ejemplo de Acapulco, en México, presentado en las IX Jornadas de Alta Gerencia en 2006, es posiblemente el más impactante.

 

 

Se trata, ni más ni menos, de uno de los “arquetipos” de Peter Senge (10), precisamente el de “los límites del crecimiento”. Lo cual, en cierto modo, no es sino el caso del avance del “progreso” sobre el medio ambiente, con toda la subyacente problemática de la ecología.

 

Desde que el homo habilis dejó de ser solamente cazador nómade, vivimos “conquistando territorios” (11), alterando la naturaleza para nuestra comodidad y/o producción. Durante siglos ese “avance” fue silencioso y lento, por lo que el daño era imperceptible. Hoy, tecnología mediante, ese avance es vertiginosos, y el daño, creciendo exponencialmente,  pone en peligro nuestra supervivencia.

 

Por lo  tanto, la contraposición “desarrollo – naturaleza” se ha vuelto acuciante, sin que ello, a nuestro entender, justifique posturas extremistas o acciones violentas. Pero se han separado más que nunca las aguas, y cabe preguntarse: ¿necesitamos puentes o barreras? (12)

 

Es difícil la respuesta. Sin embargo, nuestra postura es clara: en tanto y en cuanto un puente que acerque ambas orillas sea viable, el enfoque sistémico puede ser el gran instrumento. 

 

  1. CONCLUSIÓN

 

En un mundo crecientemente complejo, necesitamos cada vez más la mirada abarcadora del enfoque sistémico: transformar – donde sea posible y conveniente – el “o” en “y”.

 

Tengamos en cuenta la restricción antedicha: no todos los puentes son posibles o deseables. Distingamos los casos en que ciertamente debamos tomar partido: o estamos de un lado o del otro.

 

En todos los demás casos es útil, a nuestro juicio, la metáfora del “puente”. Decimos que el puente “acerca”, pero esa es una verdad a medias. El puente vincula: comunica a las personas y acerca ideas y soluciones, pero no “acerca” las orillas: las pone en contacto pero siguen estando donde están, con su identidad y características.

 

Hace poco, en un seminario sobre pensamiento sistémico para una asociación de ingenieros industriales, les pedí que listaran los efectos que tendría un puente que conectara dos ciudades anteriormente incomunicadas entre sí. Fue interesante ver la cantidad de aspectos sociales, políticos, económicos, demográficos, culturales y ambientales de todo orden que surgieron, muy lejos de lo específicamente ingenieril o arquitectónico a que los participantes estaban habituados. Lo cual en modo alguno significaba desatender los aspectos técnicos: ¡no vaya a pasar que, de tanta preocupación humanística, el puente se caiga!

 

Construyamos, entonces, puentes donde hagan falta, que será, estimo, la mayor contribución que la sistémica puede brindar en este mundo demasiado fraccionado.

 

NOTAS

 

1.        “Elogio de la Contradicción”, artículo central del N° 2  de la revista “80/20” de ISCEA, Instituto Superior de Carreras Empresariales y Ambientales.

2.        “The Study of Society”, Alfred Kuhn

3.        “Introducción a la Administración de Empresas – guía para exploradores de la complejidad organizacional”, E. G. Herrscher (Granica, 2000)

4.        El artículo citado en nota 1

5.        “Systems Thinking – Managing Chaos and Complexity”, Jamshid Gharajedaghi (Butterworth Heinemann, 1999)

6.        Al hablar de “provincias”, nos referimos a todas las jurisdicciones, o sea a éstas más la Ciudad Autónoma de Buenos Aires

7.        Nos referimos a nuestro discurso al asumir la presidencia de la Internacional Society for the Systems Sciences (ISSS) en 2005

8.        Nos remitimos a la  amplia bibliografía sobre el Club de Roma y al citado “Informe” que, a su pedido, elaboró Jay Forrester, el creador de la Dinámica de Sistemas

9.        Al primero que oí nombrar el concepto de “umbral”  referido a todo crecimiento desmedido – en este caso, al límite más allá del cual la acumulación de riqueza ya no aumenta la satisfacción - fue el chileno Manfred Max Neff, precisamente en una reunión del Club de Roma

10.     “The Fifth Discipline – The Art and Practice of the Learning Organization”, Peter M. Senge (Century, 1990), hay  traducción en castellano (Granica, varias ediciones)

11.     El concepto está desarrollado con suma originalidad y profundidad en la novela “Ishmael” de Daniel Quinn (Bantam-Turner, 1992), que destaca la enormidad que significa usar con frecuencia el término “conquistar” para referirnos a la acción del hombre frente a la naturaleza

12.     La disyuntiva “cuidado del medio ambiente /progreso”, en este caso la preservación del turismo versus el tendido de una línea férrea requerida por la UE en Austria, y su solución sistémica, fue desarrollada por Markus Schwaninger de la Universidad de St. Gallen en sus conferencias en Trelew y Ushuaia, Argentina, en 2006

 

 

Enrique G. Herrscher

Marzo de 2007

 


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